jueves, 13 de septiembre de 2012

Sin perder la ternura



“Que la dureza de estos tiempos no nos haga perder la ternura de nuestros corazones”
         Ché

En el  taller de calzados de la calle Colón, de esta ciudad de Las Tunas, a 690 kilómetros al Este de La Habana, conocí a Elvia Leyva Vázquez, quien realiza las funciones de recepcionista desde hace más de 25 años en esa entidad. Me llamó sobremanera la atención el trato que esta carismática mujer  le daba a cuantos se acercaban solicitando su ayuda; les explicaba detalles a los clientes, pasaba un recado a los zapateros, respondía inquietudes mediante el teléfono… Realmente quedé impresionada ante tanta destreza, y lo mejor, todo lo hacía del modo más amable que usted pueda imaginar.
Enseguida pensé en dedicarle unas líneas resumidas en un trabajo periodístico porque,  aunque ese debe ser el normal proceder entre los que trabajan directamente con el público en las unidades de servicio, no siempre encontramos ejemplos tan ilustrativos. Consideré que sería una manera de reconocer su labor; pero la idea se me distorsionó  al escuchar la conversación que sostuvo esa compañera con el  administrador de allí.
¿Y la niña?- Le preguntó el directivo. Elvia, sin dejar de atender un segundo a la clientela, le explicó que ya estaba para el hospital con su hermano; que  le harían la hemodiálisis  al mediodía para dar tiempo a que ella fuera a recogerla después.
Me estremecí solo de imaginar cuántas dificultades la agobiaban en su hogar. Pensé en mis propios hijos y en las personas que emiten injustos reclamos cuando se enfrentan a situaciones banales, tratando de culpar a otros de sus adversidades o  justificando así sus comportamientos de mal gusto hacia los demás. 
De vuelta a mi casa solo pensaba en sus comentarios, en su insistencia en que lunes, miércoles y viernes a su niñita tenían que hacerle el mismo tratamiento médico en espera de un trasplante. Si dependiera de mi -aclaró- ya tuviera su riñón; pero el mío es incompatible y todavía no encontramos un donante adecuado a pesar de los esfuerzos del personal médico. Gracias a mi otro hijo mayor que la acompaña y así me ayuda bastante.
Ahora más que destacar el buen trato que brinda a la población esta sencilla recepcionista, que reconoce gustarle mucho su tarea; prefiero  agradecer y felicitar  el encomiable esfuerzo de alguien que, en medio  de los sinsabores de la vida, no pierde la ternura y es capaz de alegrar el día de sus semejantes.

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