jueves, 23 de noviembre de 2017

Un Día para la acción de Gracias

Numerosos mensajes con felicitaciones por el Día de Acción de Gracias llegan a muchas personas en el mundo mediante las redes sociales. Unos en Cuba las reciben con beneplácito y otros hasta un tanto extrañados, ya que esta deviene tradición desconocida en estos lares.
No obstante, figura entre las más populares de cuantas son celebradas por los norteamericanos, consideradas la fiesta familiar por excelencia en Estados Unidos, con amplia difusión en otras regiones.
La típica estampa de la familia reunida alrededor de un enorme pavo y una mesa llena de apetitosas viandas llega a nosotros a través de infinidad de fotografías, películas y series.
El motivo de esta celebración es el de dar gracias por todo lo recibido a lo largo del último año, sea en materia de salud, trabajo, bienestar y amor.
Como se puede suponer, esta no es una festividad moderna, pues consta que empezó a celebrarse durante el primer cuarto del siglo XVII. La mayoría de los historiadores apuntan al año 1621 y localizan a quienes iniciaron esta tradición en una Colonia que hoy forma parte del estado de Massachusetts.
Según se argumenta en textos de la época, un grupo de colonos llegaron hasta aquel lugar en el frío invierno de 1620. Iban desprovistos de lo más esencial y a las pocas semanas comenzaron a escasear sus alimentos, algo que provocó que muchos de ellos enfermaran y murieran.
Entrados en la primavera de 1621, un grupo de indios nativos fue al encuentro de los nuevos colonos, mostrándose afables y prestándoles todo tipo de ayuda y enseñanzas para que labrasen sus campos y cultivaran sus propios alimentos. También les enseñaron a pescar y cazar, por lo que los nuevos residentes de la Colonia de Plymouth obtuvieron buenas cosechas.
En agradecimiento a los indígenas les ofrecieron una celebración donde compartieron sus alimentos. Año tras año se tomó la costumbre de reunirse todas las familias de la colonia y dar gracias por todo lo conseguido en los anteriores doce meses. Ese acto es el que se señala como el inicio de la tradicional celebración del Día de Acción de Gracias.
Poco a poco fue extendiéndose la costumbre entre otros colonos, llegando a abarcar la totalidad del territorio norteamericano y convirtiéndose en algo tan popular y arraigado que, en 1863, el presidente Abraham Lincoln proclamó oficialmente el último jueves de noviembre como día de fiesta nacional, con el fin de que todas las familias pudiesen reunirse y celebrar el Día de Acción de Gracias.
Este día se ha convertido en uno de los más especiales y preferidos por la mayoría de familias norteamericanas. Costumbre que aplaudimos desde este archipiélago, respetamos y admiramos convencidos también de la grandeza de las nuestras, esas en las que cenamos con cerdo asado en la Nochebuena, el 24 de diciembre, o las de fin y comienzo de año, en las cuales las cubanas y cubanos nos fundimos todos en una sola familia.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Historias cotidianas que no llegan a la pantalla


Historias cotidianas que no llegan a la pantalla
La maestra Coca tiene una historia de vida de película. (Tiempo21 /Foto de la autora Yaicelín Palma Tejas).
Las Tunas.- Cuenta “Coca” que cuando vio la película cubana Conducta pensó que quizás el autor de este largometraje se había inspirado en ella para crear el personaje de Carmela, la maestra justa y comprometida con la educación de sus alumnos interpretada por la recientemente fallecida Alina Rodríguez.
La historia de María Izaguirre Cabreja, Coca, transcurre en un aulita de cuarto grado de una de las escuelas primarias de esta ciudad, capital de la provincia de Las Tunas.
Pero su Chala, a diferencia del de la obra de ficción, no tenía ni una madre ni un padre alcohólico y la economía familiar era tan buena que complacían todos sus gustos aunque su comportamiento no lo hiciera merecedor de tales beneficios.
Acostumbrado a ser el señor todopoderoso de su grupo, este niño de nueve años llegó a enfrentar a la nueva maestra en el primer día del curso con un porte y aspecto que rompían completamente con los cánones establecidos por el Reglamento Escolar.
La maestra, que en sus casi cuatro décadas dedicadas al magisterio no contaba todavía ningún revés en la batalla diaria de formar correctamente a sus alumnos, enseguida le hizo frente a la situación y prefirió dar su primera clase con un niño de menos, con tal de que regresara al día siguiente con el traje de pionero puesto.
Pero la equivocada pretensión de los padres de creer que la educación de sus hijos depende del dinero que invierten en sus caprichos, y que haciendo lo que ellos quieren lograrán formar a personas de bien, con valores y virtudes, cegó totalmente a los progenitores del protagonista de esta historia.

No cumplieron con lo requerido por la maestra y la tildaron de exagerada y extremista por tres días consecutivos. La rivalidad parecía no terminar hasta que finalmente una de las partes, en este caso los padres, cedió porque «con Coca no se podía».
Entonces comenzó el largo camino de la reivindicación. Cuando ya la maestra había ganado el amor y el respeto de su alumno, cuando ya el aula de cuarto grado había logrado la uniformidad y la disciplina de todos sus componentes, otra noticia rompió con la tranquilidad.
Aquel niño por el que ella casi pierde la paciencia, debía ser trasladado a la Escuela de Formación Integral Alberto Arcos Luque de la provincia de Las Tunas, porque en cursos anteriores había mostrado alteraciones en la conducta que lo llevaron a violentarse con sus compañeros.
Una vez más Coca salió a la batalla, pero en esta ocasión lo hacía en defensa de uno de sus hijos, y como para no perder la costumbre nuevamente salió victoriosa.
Cuenta Coca que su Chala fue uno de los mejores de su clase cuando se graduaron del sexto grado; que lloró la partida de su escuelita primaria porque eso implicaba separarse de la mujer que se había convertido prácticamente en su abuela, pues no solo lo había educado a él, sino también a sus padres que estaban necesitados de algunos consejos básicos sobre como el de criar a su hijo.
Hoy la versión adolescente de aquel niño de nueve años no puede contar su historia de cómo llegó a la universidad sin nombrar a la maestra Coca, porque un buen docente, aquel que vea como suyos a sus alumnos, que se consagre en la hermosa pero difícil tarea de educar, que esté convencido de que de él depende el futuro de su país, y que logre ver aquello que es invisible a los ojos, se volverá sin dudas indispensable para la sociedad.
Las familias de cada niño que fue moldeado con el amor de María Izaguirre, o mejor dicho, de la maestra Coca, ven en ella no solo a la docente, sino también a un profeta que pocas veces se equivocaba cuando alertaba a los padres sobre el futuro profesional de los pequeños.
Aunque dice un refrán popular que cada maestro tiene su librito, por suerte para el sistema educacional cubano en esta isla caribeña existen miles de maestras y maestros como Carmela y Coca, quizás no con la misma metodología para enseñar, pero sí con igual afán.