lunes, 12 de enero de 2015

El maestro que todos quisimos ser



El magisterio es la profesión que la mayoría soñó cuando era pequeño.  Desde la primera visita a la escuela, en el intercambio con el ser inspirador de respeto frente al aula, ese que por unas horas suplanta la función un tanto protectora de los progenitores, quien enseña, guía y,  en definitiva, traza un paradigma.

De ahí que muchos en los juegos infantiles prefirieran siempre desempeñar el rol del maestro, con pizarras improvisadas, tizas y hasta muñecos que parecieran escuchar atentamente cada lección; la demanda de una respuesta ante la más simple pregunta, y de vez en cuando, experimentar el regaño por una supuesta distracción.

Y es que, luego de papá y mamá, los maestros son el ejemplo primero, Ellos moldean una forma de actuar en consecuencia con lo que muestran. Los educadores, en el sentido amplio de la palabra, enseñan; instruyen, no solo en conocimientos, sino también en las formas de vida y en los valores que la enriquecen.

Aquellos que cumplen la honrosa misión de educar orientan a las nuevas generaciones para aplicar lo que aprenden y motivan para amar, hacer lo propio y enriquecerlo. De tal modo se  traspasa la línea del saber para abrir la del ser.

Llámese maestro, educador o profesor su obra deviene misión de servicio. Quizás por eso siempre seguirá siendo el magisterio la profesión que algún día quisimos ejercer. Solo que el ángel y la gracia de poder hacerlo no alcanza a todos. Se reserva para seres privilegiados que ahora disfrutan con saberse reconocidos y queridos por su inmensa obra.

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