martes, 15 de diciembre de 2009

Cada día una nueva lección

Cuando mis hijos eran más pequeños y me decían que los problemas no eran tantos, que serían mayores según crecieran, NO lo podía creer.
Para mi una noche de desvelo, el que no quisieran comer, un catarro, una caída que provocara solo un punto en la cabeza o una fiebre suponían las peores situaciones a las que me iba a enfrentar en mi misión de madre.
La lógica me indicaba entonces que cuando pasaran esos primeros años de vida ya se desprenderían de las malas rachas y los problemas desaparecerían.
La vida me demuestra a diario mi gran equivocación. Es cierto que los catarros disminuyeron, ya mis hijos duermen toda la noche, comen con buen apetito, lo que es igual a decir que ya no tengo que ingeniármelas para embutirles los alimentos, y hasta el mayor ha superado sus crisis de alergia y asma.
Para sustituir esos “problemas” no faltaron otros dolores de cabezas, por ejemplo, las dificultades en la escuela y los enfrentamientos con otros niños, la desobediencia, el estrés de verlos en una competencia deportiva o recitando en una actividad escolar, el tener que dejarlos asumir solos algunas tareas…
Cada situación es una clase magistral y yo cargando con mi pésimo actuar de madre sobreprotectora.
Pero así es como estoy descubriendo el secreto de ser madre, encontrando respuestas con el paso del tiempo a pesar de dificultades.
Convencida estoy que vendrán problemas mayores, entre ellos las becas, la adolescencia, la universidad, las salidas juveniles, las fiestas… Sé que me esperan noches de insomnio hasta que regresen a casa, sustos, vivir como en carne propia el embarazo de mi hija, ocupar el papel de suegra, en fin. Son cosas a las cuales les temo, sin embargo daría todo en el mundo por experimentarlas.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El tres cumplieron las trillizas.

El pasado tres de diciembre las trillizas de Las Tunas cumplieron ocho años de edad.
Ese día no pudieron festejar como querían porque una de ellas estaba enferma y por consenso general prefirieron postergar el cumpleaños.
Por aquello de que nunca es tarde si la dicha llega, las tres niñas compartieron recientemente una linda tarde junto a familiares y amigos.
Samantha María, Samira Martha y Sahomi de la Caridad jugaron, comieron dulces, recibieron regalos y disfrutaron de lo lindo.
En esta ocasión no faltó el recuerdo para su papá, el doctor Misael González, que no participó de la fiesta porque se encuentra muy lejos de Cuba cumpliendo misión internacionalista en un lugar de África llamado Majalape.
De ahí la propuesta de hacerle llegar, mediante este blog, una reseña de la celebración, idea de la abuela Martha para que “viera con sus propios ojos lo hermosas y grandes que están.”
Para usted, Misael, el beso de sus trillizas y estas imágenes para acercárselas un poquito.


jueves, 10 de diciembre de 2009

Una tradición familiar

Cuando niña tuve la dicha de saborear un exquisito plato que preparaba mi abuelo Renato Tur.
Consistía en un ovejo o carnero enterrado. Así lo nombraba él y como tal se hizo popular entre familiares y amigos que degustaban el sabroso manjar.
Claro que la inventiva no fue de mi abuelo. Tampoco supe cómo ni cuándo inició esta tradición familiar; pero constancia tenemos en fotografías y quienes compartían junto a nosotros pueden dar fe de ello y más de lo bien que se preparaba en su casa de la calle Ramón Ortuño, en esta ciudad de Las Tunas.
Siempre que había un acontecimiento en el hogar, por ejemplo una celebración de fin de año, o se recibía una visita, acomodaba un espacio de su taller de mecánico donde tenía listo una especie de horno bajo la tierra.
Los más jóvenes ayudaban con la pala en mano para profundizar un hueco de un metro, ya previamente definido con ladrillos en los laterales y el fondo.
Mientras, otros picaban en trocitos las carnes del ovejo y mi abuelo lo condimentaba como solo él sabía hacerlo.
Era así como fungía, con dotes de un excelente maestro de cocina, un típico chef.
En una sartén rectangular se acomodaban las porciones de carne, forradas con hojas de plátano. Una vez bien tapada se bajaba con sogas hasta el fondo del hoyo donde se prendía con fuego el carbón. Luego se enterraba y se mantenían las brazas ardiendo bajo tierra por 24 horas.
Transcurrido ese tiempo se sacaba y listo. El ovejo enterrado dejaba ese agradable olor que ahora casi percibo.
Recuerdo que la medida de mi abuelo para determinar su éxito era cogiendo una costilla del animal y si la carne desprendía sola, entonces la orden de “A comer” era inmediata.
Por cierto, no resultaba tan sencillo. Una zozobra sentíamos todos pensando si un día no salían bien las cosas. Imagínense si aquello quedaba crudo. Si la candela no era suficiente para llegar al punto de cocción… en fin. Pero, por lo general, la comida salía a pedir de boca.
Maldades nunca faltaron, como aquella ocasión en que un amigo de él a quien no por gusto, le llamaban Paco El Chivo, haciendo una de sus maldades le llevó la sartén con el ovejo incluido. Este señor, popular en Las Tunas y declarado compadre de mi abuelo, hizo que invitados y familia se quedaran con las ganas. No obstante, disfrutaron la fiesta y la jarana.
Ya mi abuelo murió; pero la tradición familiar se rememora. Mi tío Renatico fue un buen discípulo y aprendió de él el arte de la mecánica y la de chef, al menos en cuanto al ovejo enterrado se refiere.
Ahora que se acercan los días festivos de fin de año la nostalgia me convoca a compartir los recuerdos de esta tradición familiar.