miércoles, 23 de diciembre de 2009

Despedida de un año



El año 2009 está muy próximo a concluir. Son estos días finales del calendario propicios para el recuento y las felicitaciones. Entonces hablamos de logros, sueños, preocupaciones y sobre todo de proyectos para el venidero 2010 que ya toca las puertas.

Felicidad y prosperidad, le deseo a todos en este fin y comienzo de año. Que la paz y la armonía prevalezca siempre en nuestras familias.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Una maestra especial

En Cuba el apelativo Luisa suele ser común; aunque la Luisa de quien referiré en las siguientes líneas es en verdad especial para mí, como lo es también para muchas otras personas que la conocen.
Luisa es una mujer alta, fuerte, alegre y su mirada desborda ternura.
Todavía con esos rasgos en esta Isla puede parecer alguien común y, sin embargo, no lo es. De ello pueden dar testimonio cientos de niñas y niños que ahora o antes pasaron por las aulas del Seminternado Toma de Las Tunas, donde ella trabaja como maestra.
Eso tal vez sea del mismo modo común; pero hay más…
Luisa es de esas educadoras que te saludan con el corazón, que te animan con un buenos días y te hacen sentir cuán especiales son sus alumnos, desde el más tímido hasta el más sobresaliente.
Luisa día a día contribuye a la educación de nuestros hijos y les inculca valores. También los regaña y establece la disciplina, con rigor, y buenas intenciones.
A mi pequeña Amanda la mima con frecuencia y, a pesar de su corta edad, ya le enseñó a recitar el extenso poema martiano Los zapaticos de rosa.
Luisa es una maestra, o mejor dicho, una buena maestra. Característica que la aparta de lo común y la convierte en un ser especial.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Mi primera maestra.

Ondina Verdecie Pérez fue mi primera maestra. Ella me impartió clases de prescolar en un pequeño local de la calle Ramón Ortuño, entre la calle Martí y la Cucalambé, en esta ciudad de Las Tunas.
Carlos Juan Finlay se nombraba esa aulita a la que asistimos muchas niñas y niños allá por los finales de la década de 1970.
Recuerdo ahora el acogedor lugar, muy limpio, bien decorado, con láminas, adornos manuales, rodeado de plantas y a mi maestra…siempre elegante, activa en los juegos, en las clases, ensayando coros, formando una banda rítmica, insistiendo en que mejoráramos los trazos, en que identificáramos los colores y las formas de las figuras geométricas, en fin.
Mi maestra Ondina tenía, tiene, una limitación física. Nació con un problema en una pierna que le dificulta el andar. Pero esa limitación nunca fue un impedimento. Con su ejemplo nos inculcó la puntualidad, el amor a la patria, fomentó valores, la disciplina y el deseo de aprender.
Todas las memorias de mi etapa prescolar y de mi primera maestra son lindas y las guardo no solo en fotos, créanme que aún conservo algunos de mis primeros dibujos, el diploma por el fin del curso escolar y la amistad con varios condiscípulos de los que aparecen en estas imágenes, convertidos hoy en auxiliares pedagógicos, informáticos, médicos, ingenieros, trabajadores de la gastronomía, un policía y obreros que se desempeñan en los más diversos oficios.
Cada uno agradecido, sin dudas, por la gran artífice en el inicio de nuestras vidas, la segunda madre, como decimos acá, la que con el mismo rigor nos educó y estimuló las ganas de aprender para llegar a ser personas íntegras en el futuro.
Esa maestra despertó en mí la aspiración de seguir sus pasos en el ejercicio del magisterio. (Idea que tuvimos la mayoría y era el rol principal de juegos infantiles); sin embargo fue un sueño que abandoné por alguna razón.
Ser maestra exige un sacrificio enorme, con vocación no basta. Se necesita además una alta dosis de amor, de entrega. Para eso hay que nacer, diría la voz popular y por ello quienes ejercen el magisterio merecen respeto.
El pago ya está garantizado de antemano, o si no, qué justifica el recuerdo y agradecimiento de tantos hombres y mujeres hacia sus profesores, principalmente a los primeros, como Ondina, aquellos que nunca olvidamos.